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"El Joker dominicano". Las trampas a muchachas y muchachos que han empeñado la dignidad por la promesa de ¨llegar a ser figura¨ en la TV

"El Joker dominicano". Las trampas a muchachas y muchachos que han empeñado la dignidad por la promesa de ¨llegar a ser figura¨ en la TV.

Por Grisbel Medina
Picoteando el Espectáculo
Aunque dibuja la sonrisa triste y la soledad de un hombre en una ciudad donde la gente sube y baja sin importarle las extrañezas o demonios del vecindario, Arthur Fleck, el personaje del filme Joker, está muy vivo en la sociedad dominicana.

Frente al televisor, el delirante aspirante a comediante imaginaba sus minutos de fama al ser entrevistado como celebridad en el programa de mayor audiencia. En RD hemos perdido la cuenta de la cantidad de muchachas y muchachos que han empeñado la dignidad por la promesa de ¨llegar a ser figura¨ en la televisión dominicana. Son infinitas las trampas de los bandidos del arte y el espectáculo.

En la hedionda ciudad donde Arthur Fleck era golpeado caprichosamente –por niños educados y jóvenes banqueros-, los políticos (igualito que aquí) prometían soluciones espectrales a problemas fundamentales de la gente. Y, peor, los de aquí (igual que los de allá), tienen público y prensa para hacerse eco tanto de sus idioteces como de proyectos inconcebibles.

El Arthur Fleck, sin el maquillaje de Joker vive en las personas con enfermedades mentales que desandan con la mirada perdida y recogiendo cachivaches en la calle. Reside en caminantes desnudas que son burladas y filmadas en la vía pública. Ese Arthur empeñado y deseoso de ganarse la vida haciendo reír a la gente, está vivo en la gente sin protección sanitaria, en los pobres con seguro médico, en los indigentes envueltos en trapos orillados y lastimados socialmente. Si los hospitales son un desastre para los ¨cuerdos¨, imagínese para quienes necesitan acompañamiento neurológico.

Pero también, ese Arthur de risa abrupta, desnuda la indolencia, la burla, la falta de empatía y solidaridad que padecemos. Poco a poco dibujamos una máscara individual para falsear sentimientos o acomodar el verbo a conveniencia. Es notorio desde el Estado y en el devenir doméstico, entre quienes nos rodean. Ese guasón explosivo e incomprendido asecha tanto a los cuerdos como a quienes nos ¨patina el cloche¨.
Fuente SONAJERO/Listín Diario

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