El término "campesino" debería ser un motivo de orgullo que describa el origen de una persona. Quien lo usa como un adjetivo con intención despectiva para señalar una supuesta falta de educación o "clase", solo demuestra su propia ignorancia.
Sin embargo, a veces pienso que a muchos santiagueros les sirve el sombrero.
Una cosa es ser hospitalarios con quienes nos visitan —lo cual es correcto— y otra muy distinta es desbordarnos hasta caer en el servilismo.
Ese comportamiento es el que le da armas a quienes nos llaman "campesinos" con la única intención de rebajarnos.
Ni tanto ni tan poco. No somos de sangre real ni superiores a nadie en el país (aunque algunos se lo crean), pero ya basta de guacanagarismo y de ponerle alfombras rojas a gente que no lo merece.
Resulta frustrante ver cómo en el ámbito político y deportivo, por el simple afán de sumar adeptos o quedar bien, se otorgan títulos y reconocimientos a figuras sin ningún mérito real en nuestra ciudad.
Eso no es cortesía. Es, sencillamente, un lambonismo organizado.
Al final, parece que se cumple un doloroso refrán: no hay cosa peor que un santiaguero para otro santiaguero. Le exigimos el mérito al de aquí, pero al de fuera le tendemos el palacio.
Vivimos en Santiago, una de las metrópolis del Caribe, con aeropuerto, universidades y hospitales de vanguardia.
Como munícipes, tenemos la obligación de exigir respeto a nuestras autoridades y plantarnos con dignidad, para no seguir alimentando el prejuicio ajeno.
